Enigmas De La Historia by Jeremy Taylor

Enigmas De La Historia by Jeremy Taylor

Author:Jeremy Taylor
Language: es
Format: mobi
Tags: sci_history
Published: 2010-03-18T00:00:00+00:00


Madama de Montespan

El «reinado» de madama de Montespan, la más brillante de las concubinas de Luis XIV, coincide con el apogeo de su gloria. No detallaremos aquí el tren de vida verdaderamente regio, y tan regio como escandaloso, que llevaba aquella mujer en el mismo Versalles, eclipsando el de la propia reina, de la esposa legítima del monarca. Se dice que la Montespan ocupaba veinte habitaciones en el palacio mientras la reina sólo ocupaba once. Dió a Luis XIV siete hijos, que hubieron de ser legitimados, de grado o por fuerza, por el Parlamento y recibieron el título de infantes de Francia. En su juventud, antes de ser amante del rey, la Montespan se había mostrado siempre como un carácter dominador, ambicioso. «Era más ambiciosa que sensual», dice de ella la princesa Palatina en sus memorias. Lo que interesa a este capítulo es que ya a partir de 1666, en que el comisario La Reynie había iniciado sus visitas de policía a las brujas para comenzar a conocer su mundo e informarse a fondo, hasta 1679 el Rey Sol estuvo en poder de aquella mujer absorbente, que se sentaba con él a su mesa y, según se averiguó después, mezclaba en sus alimentos ciertas inmundicias inconfesables, con las que pretendía, por consejo de las brujas, conservar siempre viva la atención del rey hacia sus encantos.

Estos comienzos no eran nada comparados con las abominaciones a que aquella hembra, enloquecida por la ambición, se entregó después. Entre los delincuentes detenidos en la redada de La Voisin había un hombre monstruoso, el abate Guibourg, que en el tormento confesó haber dicho misas negras, sacrilegios horrendos, dedicados al diablo, en que partículas de lo más santo eran mezcladas con intestinos de niños sacrificados durante la horrible ceremonia. Los que practicaban la misa negra se consideraban a sí mismo como verdaderos adeptos de Satanás, y lo eran, en efecto.

De la Montespan se supo que, para comenzar, hacía decir misas sacrílegas sirviendo ella misma de atril, al sostener los Evangelios sobre su cabeza. Estos datos llegaron a oídos del rey cuando ya era demasiado tarde, al verse el proceso, y le dejaron fulminado, porque, dada la altura de su representación en aquel mundo que tan absolutamente gobernaba, era mayor todavía su deshonra que la de tantos maridos resignados de su corte, a los que él había arrebatado sus mujeres o podía en cualquier momento arrebatárselas para satisfacer un capricho. La entronización oficial del pecado, los honores públicos dispensados a sus adulterios desembocaban ahora en aquella explosión sacrílega, sin nombre. Las mujeres, enloquecidas por la vanidad, por figurar como reinas y astros de primera magnitud en Versalles, no se habían detenido ante el crimen ni ante el sacrilegio. Y la misma Montespan no sólo se había aliado con el diablo, sino que, no creyendo necesario eliminar a su marido —del cual el rey había obtenido la separación por imposición inicua y arbitraria a sus magistrados—, se mostraba ahora dispuesta a eliminar al propio rey de Francia si ponía los ojos en alguna otra mujer.



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